El sexoservicio le permite mantener a sus 3 hijos, pero a cambio le causa heridas físicas y emocionales.
Monclova, Coah.- Detenida por alterar el orden público tras un altercado con un cliente que se negó a pagar por su compañía, Diana se resignó a sacrificar su ganancia por su libertad, la libertad que le permite seguir ejerciendo el oficio más antiguo del mundo para llevar el sustento diario a su hogar.
Bajo el nombre de “Claudia”, Diana, de 43 años, lleva más de una década ejerciendo el trabajo sexual, una labor que, según cuenta, le ha permitido mantener a sus tres hijos, pero que también le ha dejado profundas heridas físicas y emocionales.
Diana, fue liberada tras pagar una multa de poco más de 400 pesos, una cantidad que, irónicamente, superaba lo que el sujeto con el que discutió estaba dispuesto a pagar por su compañía esa noche.
Con la voz entrecortada, accedió a compartir con Periódico Zócalo su historia, la de una mujer que cada noche se enfrenta a la dureza de la calle, pero que sigue adelante por amor a su familia.
De la maquiladora a la calle
Hace 12 años, cansada de los bajos salarios y el maltrato en la maquiladora donde trabajaba, Diana comenzó a frecuentar bares y cantinas del centro.
Al principio, lo hacía para distraerse, pero pronto descubrió que su presencia en esos lugares podía convertirse en una fuente de ingresos.
“Primero eran los tragos gratis, las cenas, los regalos… Luego, con el tiempo, entendí que podía ganar mucho más si me dedicaba de lleno a esto”, confiesa.
Así nació “Claudia”, su identidad nocturna, la que le permite sobrevivir en un entorno donde el peligro es constante.
Una noche en la vida de “Claudia”
El trabajo de Diana no tiene horario fijo ni salario estable. Puede ganar desde 200 hasta 2,000 pesos por noche, dependiendo de la suerte, de los clientes y de su resistencia.
“A veces te va bien, a veces no te pagan o te golpean. Hay quienes te prometen el cielo y te dejan en el suelo”, dice con amargura.
Los riesgos son muchos desde violencia, enfermedades, discriminación y la constante amenaza de ser detenida por las autoridades.
Sin embargo, sigue en el oficio porque, según sus palabras, no tiene otra opción.
“Por mi edad y con la crisis, en una maquiladora no ganaría ni la mitad de lo que hago aquí y súmale que no terminé ni la secundaria”, explica.
El precio de la supervivencia
Diana, no se enorgullece de su trabajo, pero tampoco se avergüenza. Sabe que la sociedad la juzga, que muchas veces es vista con desprecio, como algunos de sus vecinos que la miran cuando sale a trabajar con sus vestidos cortos, pero también entiende que lo que hace es por necesidad, no por placer.
“Lloras, te desesperas, pero luego piensas en tus hijos y sigues adelante”, dice mientras se le entrecortaba la voz.
En su pequeño hogar de dos cuartos y una cocina, construido con años de esfuerzo, la esperan sus tres hijos: dos adolescentes de 16 y 17 años y un niño de 7.
Ellos son la razón por la que cada noche “Claudia” vuelve a salir a las calles, a enfrentar un mundo que pocas veces es amable con mujeres como ella.
Más allá del prejuicio
Historias como la de Diana son más comunes de lo que se piensa. Mujeres que, por falta de oportunidades, terminan en un oficio que no eligieron, sino que les fue impuesto por las circunstancias.
Diana no pide lástima ni compasión, sólo respeto. Sabe que su vida no es fácil, pero mientras tenga fuerzas, seguirá luchando por su familia.
“Yo no sé si algún día pueda dejar esto, pero si lo hago, quiero que sea porque encontré otra forma de vivir, no porque la sociedad me obligó a desaparecer”, dijo mientras fumaba un cigarro que un oficial le había regalado a su salida de las celdas.