Durante 40 años, Marco Antonio Aguilar Cázares dedicó su vida a Altos Hornos de México.
Monclova, Coah.- Durante 40 años, Marco Antonio Aguilar Cázares dedicó su vida a Altos Hornos de México. Ingresó siendo un joven de apenas 20 años, y pasó los últimos 25 en el BOF de la Siderúrgica 2, uno de los departamentos más grandes de la empresa, donde llegó a trabajar una plantilla de casi mil 200 obreros.
Hoy, a sus 62 años, atiende un pequeño puesto de yukis y frituras en el porche de su casa. Antes recorrió las calles vendiendo paletas de hielo, pan dulce, tortillas e incluso limpiando terrenos para poder llevar dinero a su hogar.
Pero, asegura, lo más difícil no fue cambiar el casco por una hielera, sino enfrentar el golpe emocional de perder el empleo que definió prácticamente toda su vida.
“Había noches que me salía aquí al porche de la casa, a las once o doce de la noche, a llorar de impotencia. No podía dormir viendo la situación que estábamos viviendo”, recuerda.
Marco Antonio relata que el cierre de AHMSA no sólo le arrebató su fuente de ingresos, sino también la estabilidad de toda su familia. Su hijo y su yerno también trabajaban en la siderúrgica y perdieron el empleo al mismo tiempo.
“No había cómo ayudarnos entre nosotros. Todos nos quedamos sin trabajo”, lamenta.
Durante cuatro décadas laboró en condiciones extremas de calor dentro del BOF, donde las temperaturas podían superar los 60 grados centígrados. Sin embargo, asegura que siempre disfrutó su trabajo y la convivencia con sus compañeros.
“Fueron 40 años muy buenos. Siempre tuve una excelente relación con todos. Incluso, hoy me encuentro compañeros y me saludan con mucho cariño. Yo también tuve cargos sindicales y siempre procuré ayudarles con la verdad”, comenta.
Gracias a ese empleo logró sacar adelante a sus cuatro hijos, construir su patrimonio y ofrecerles estudios. Nunca imaginó que la empresa llegaría al extremo de detener operaciones.
Aunque desde 2019 comenzó a notar una caída en la producción, jamás pensó que terminaría con el cierre de la acerera.
“Lo último que nos dijeron fue que ya no había condiciones higiénicas para seguir trabajando. Al principio todavía nos pagaban una semana sí y tres no, pero después ya no hubo nada.”
Además de quedarse sin empleo, los trabajadores tampoco recibieron el ahorro completo de sus últimos años ni el finiquito que, casi cuatro años después, continúan esperando.
La incertidumbre también afectó su retiro. Explica que al dejar de cotizar con el salario que percibía en AHMSA, su pensión quedó muy por debajo de lo que había proyectado durante toda una vida laboral.
“Yo estaba cotizando con alrededor de mil 500 pesos diarios y terminé pensionándome con aproximadamente 600 pesos. Después de 40 años, sí nos afectó muchísimo.”
Para evitar caer en una depresión más profunda, decidió salir a buscar cualquier alternativa.
“Empecé vendiendo paletas. Metía el carrito en la cajuela de un Neon y recorría las calles. Después vendí pan, tortillas y hasta limpiamos terrenos varios compañeros. Lo importante era hacer algo y no dejarnos caer.”
Actualmente vende yukis y frituras afuera de su domicilio. Reconoce que los ingresos son modestos, pero al menos le permiten “darle un poquito de vuelta al dinero”.
Marco Antonio considera que el impacto más grave del cierre de AHMSA ha sido emocional. Asegura que la desesperación por la falta de empleo, el retraso en los pagos y la incertidumbre han deteriorado la salud de muchos de sus compañeros.
“Muchos han caído en depresión y creo que eso también les ha afectado físicamente. Ya son muchos los compañeros que han fallecido.”
También lamenta que numerosas familias se hayan desintegrado y que muchos hijos de trabajadores hayan tenido que emigrar en busca de oportunidades. En su caso, una de sus hijas y su yerno se mudaron a Ramos Arizpe para encontrar empleo.
Sin perder la esperanza
Pese a todo, conserva la esperanza de que la siderúrgica pueda volver a operar algún día.
“Tengo confianza en Dios. Creo que AHMSA puede salir adelante, porque tiene algo que ninguna otra empresa tiene: sus minas de carbón y de hierro. Me daría mucho gusto verla funcionar otra vez, aunque yo ya no regrese. Ahí están mis raíces y ojalá los jóvenes, como mi hijo y mi yerno, puedan tener nuevamente una oportunidad.”
A casi cuatro años del cierre de la empresa, su mensaje para los ex trabajadores es de resistencia.
“Que le echen muchas ganas. Sé que es muy duro todo lo que estamos pasando, pero no hay que rendirse.”
También hizo un llamado a los tres niveles de gobierno para que no olviden a las familias afectadas.
“Si ya no nos ayudan a nosotros, que al menos volteen a ver a las viudas de los compañeros que han fallecido. Ellas también necesitan apoyo y justicia.”