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Las tortillas de harina y el cabrito; una tradición hecha monclovense

Una herencia cultural que dejaron en el norte de México los judíos sefarditas procedentes de España y Portugal

Una herencia cultural que dejaron en el norte de México los judíos sefarditas procedentes de España y Portugal
Judíos sefarditas llegaron al noreste de México vía marítima por Tamaulipas, y se asentaron principalmente en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, heredando sus costumbres.
Grupo Zócalo
ZOCALO | MONCLOVA
08-12-2026
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Monclova, Coah.- La presencia de judíos sefarditas en el norte de México dejó una huella que va mucho más allá de la historia: permanece en la gastronomía, las costumbres, la arquitectura, la música y hasta en la cultura del trabajo.

Si en Monclova alguien prepara una tortilla de harina, sirve un plato de cabrito, hornea unas hojarascas o cultiva en su patio una granada, un higo o un limonero, difícilmente pensará que detrás de esas costumbres existe una historia que comenzó hace siglos, al otro lado del océano.

Sin embargo, para el ingeniero Horacio Domínguez, muchos de estos elementos forman parte de la herencia cultural que dejaron en el norte de México los judíos sefarditas procedentes de España y Portugal.

Su presencia se remonta a los primeros procesos en que fue poblada esta región y se entrelazó con las culturas española, tlaxcalteca e indígena para contribuir a formar una identidad que, con el paso de los siglos, se volvió propia.

Domínguez explica que no llegaron directamente de Israel. Los sefarditas eran comunidades judías que habían permanecido durante generaciones en la península ibérica. Algunos procedían de España y otros de Portugal, y su diáspora los llevó a distintos puntos del mundo.

Una de esas rutas los condujo hacia el norte de la Nueva España, principalmente a través de Tampico y Altamira. En ese proceso aparecen figuras como Alberto del Canto, relacionado con las primeras fundaciones de Saltillo, Monterrey y Monclova, y Luis de Carvajal y de la Cueva, quien obtuvo como concesión extensos territorios en el noreste, de parte de la corona española.

Mezcla de culturas

La historia de Monclova no comenzó con la llegada de los europeos. Cuando españoles, sefarditas y tlaxcaltecas comenzaron a establecerse en la región, ya existían aquí numerosos grupos indígenas que habían habitado el territorio durante miles de años.

Eran comunidades pequeñas y, en muchos casos, nómadas, asentadas alrededor de los ríos, aguajes y lugares donde podían encontrar alimento.

El Río Monclova, conocido antiguamente como Río Coahuila, y el Río Nadadores, fueron puntos importantes para estos grupos. De ahí surgieron nombres como los coahuilos y los indios nadadores, además de otros grupos identificados en la región.

La llegada de los nuevos pobladores generó conflictos porque los grupos indígenas defendían sus territorios y fuentes de agua y alimento. Sin embargo, el proceso de formación de las comunidades del norte también incluyó evangelización, agricultura y establecimiento de poblaciones permanentes.

Los franciscanos participaron en la evangelización, mientras los tlaxcaltecas aportaron conocimientos para cultivar la tierra y construir acequias.

En Monclova se desarrolló, además, un proceso particular con dos fundaciones: una relacionada con San Francisco, en lo que hoy conocemos como la colonia El Pueblo, de origen tlaxcalteca, y otra correspondiente a Santiago de la Monclova, de origen español.

En esa mezcla de pueblos y culturas comenzó a formarse la identidad de la ciudad.

"Si en Monclova alguien prepara una tortilla de harina, sirve un plato de cabrito, hornea unas hojarascas o cultiva en su patio una granada, un higo o un limonero, difícilmente pensará que detrás de esas costumbres existe una historia que comenzó hace siglos, al otro lado del océano". Horacio Domínguez, Integrante del Colegio de Investigaciones Históricas del Centro de Coahuila.

 

Atraídos por el oro y la plata

Para entender la presencia sefardita en la región también hay que mirar hacia las riquezas minerales.

Domínguez explica que muchos de los sefarditas que llegaron al norte tenían conocimientos relacionados con el trabajo del oro y la plata y buscaban lugares donde desarrollar actividades mineras.

Zacatecas y Mazapil fueron algunos de los puntos importantes de esta actividad. En el caso de Monclova, los primeros asentamientos estuvieron relacionados con la búsqueda de minerales en las cercanías del Cerro del Mercado.

Aquellos primeros pobladores no se limitaron a la minería. Con el tiempo comenzaron a cultivar, criar ganado, administrar tierras y formar haciendas.

El cronista menciona como ejemplo la hacienda de Sardinas, relacionada con los Vázquez Borrego, cuya familia tenía antecedentes sefarditas y una trayectoria vinculada con Zacatecas, Mazapil, Durango, Nadadores y finalmente la región de Monclova.

Así, la influencia sefardita se extendió de la minería hacia la agricultura, la ganadería, la administración y el desarrollo de grandes propiedades.

Historia que se come

Pero quizá una de las herencias más cercanas está en la gastronomía.

La tortilla de harina y el cabrito, dos elementos que hoy forman parte del orgullo culinario del norte, son identificados por Domínguez como parte de esa influencia.

Además de las empanadas y niño envuelto, elaborados con pasta de harina horneada rellena de nueces, mermelada, almendras y otras delicias.

El arroz huérfano es otra de las herencias, que se preparaba con piñones, almendras o nueces, o las albóndigas, que es carne molida con diferentes adiciones como zanahoria, coliflor, o papa; su nombre viene del árabe “al bunduq” que significa “la bola”.

El mazapán Sefardí, un dulce que es mezcla de almendras, caña de azúcar o miel; en el norte de la Nueva España se prepara con nueces y se llama nogada, y si es con cacahuates, palanqueta.

En el norte de México encontraron frijoles, harina, cabras y otros alimentos que terminaron incorporándose a sus costumbres.

En el caso del cabrito, el cronista señala la influencia portuguesa, pues en algunas regiones de Portugal era común la crianza de cabras. Con el paso de los años, el cabrito se convirtió en uno de los símbolos gastronómicos del noreste.

Aunque Monterrey es reconocida como la capital del cabrito, Domínguez destaca que durante las décadas de 1970 y 1980 una parte importante de la producción que llegaba a esa ciudad provenía de la Región Centro de Coahuila, particularmente de Castaños, San Buenaventura, Múzquiz y Monclova.

La gastronomía, por tanto, también cuenta una historia de migración, adaptación y mezcla cultural.

Los secretos de los patios

La huella sefardita puede encontrarse incluso en los patios de las antiguas casas.

Domínguez habla del significado que tenían algunos árboles y plantas dentro de esta tradición. La granada representaba la unidad familiar, por la forma en que sus semillas permanecen reunidas dentro del fruto. El higo estaba asociado con la sabiduría y con la alimentación de los antiguos pueblos judíos.

El limón, por su parte, tenía un significado relacionado con la resignación y el recuerdo del hogar perdido.

El cronista relata que algunos sefarditas que abandonaron España llevaban consigo un árbol de limón como símbolo de la esperanza de regresar algún día a la casa que habían dejado.

Una tradición similar existe en torno a las llaves antiguas: al abandonar sus viviendas, conservaban las llaves como símbolo de la posibilidad de volver.

También algunas plantas adquirieron significados especiales. La sábila colocada en la entrada, la ruda y el geranio aparecen dentro de esta tradición de utilizar elementos de la naturaleza con diferentes propósitos.

Son costumbres que, con el paso de las generaciones, pudieron perder su significado original, pero permanecieron en la vida cotidiana.

Heredan la cultura del trabajo

Si existe una herencia que resulta especialmente significativa para entender la identidad del norte, señala el cronista, es la cultura del trabajo.

De acuerdo con una investigación de Lucas de la Garza, fallecido historiador monclovense y quien fuera Director del Archivo Histórico del Estado, el sefardita es muy respetuoso del dictamen bíblico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Los grupos sefarditas que llegaron a esta región tuvieron que comenzar prácticamente desde cero. Primero buscaron minerales; después desarrollaron cultivos, negocios, propiedades y haciendas.

En este proceso también recibieron el apoyo de los tlaxcaltecas, quienes contaban con conocimientos agrícolas y experiencia para trabajar la tierra y construir sistemas de riego.

Los sefarditas fueron incorporándose a las actividades productivas y algunos llegaron a ocupar posiciones de autoridad y administración. Posteriormente, con los recursos obtenidos de la minería y otras actividades, desarrollaron grandes propiedades.

Esa combinación de trabajo, administración, comercio y capacidad de adaptación terminó mezclándose con las características de los demás grupos que poblaron el norte.

Huella que permanece

Quizá lo más interesante de esta historia es que muchos de los habitantes de Monclova que reproducen estas costumbres no necesariamente saben de dónde provienen.

Nadie piensa en España o Portugal cuando prepara una tortilla de harina. Tampoco necesariamente relaciona un plato de cabrito con una antigua tradición sefardita.

Una granada en el patio puede ser simplemente un árbol familiar; una sábila junto a la puerta, una costumbre; una hojarasca, solamente un dulce.

Al conmemorar los 337 años de la fundación de Santiago de la Monclova, observar hacia estas raíces permite comprender que la identidad de la ciudad no nació de una sola cultura.

Es el resultado de la convivencia y mezcla de pueblos indígenas, tlaxcaltecas, españoles y sefarditas, entre otras influencias posteriores.

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