Coahuila es el ecosistema por excelencia de la normalidad institucional.
Coahuila es el ecosistema por excelencia de la normalidad institucional. De políticos profesionales que guardan las formas y se saludan delante de las cámaras 15 veces a la semana, en promedio, con su respectiva fotografía para inmortalizar el momento.
En ese juego donde participan los tres poderes del estado y en general cualquier ente público que reciba presupuesto, nadie pierde los papeles ni es presa de la ansiedad. Todo mundo desempeña un papel, o simula hacerlo, aportando su colaboración individual a una coreografía grupal cuasi perfecta que sirve para mantener el status quo.
En la entidad abundan los eventos políticos controlados a propósito de cualquier cosa, con idéntico esqueleto: estrados para las autoridades, filas de sillas para los asistentes, y un corralito para los medios de comunicación, como caja de resonancia. La parafernalia del poder se representa en el acomodo estratégico de los convocados a ellos, de acuerdo a la jerarquía, interés, o los mensajes que se quieran enviar al auditorio en ese momento, tanto si sus protagonistas quieren demostrar que son, que no son, que quieren ser, que no quieren serlo, o, parafraseando a Nodal: ya no somos ni seremos.
En ese círculo se mencionan unos a otros y se agradecen su presencia. Y se aplauden (con ambas manos, para mayor efecto). Y se reconocen. Y se vuelven a saludar una y otra vez como un mantra, a perpetuidad. Fuera de ahí no existe posibilidad para incursionar en la agenda pública.
Hay ceremonias cada día, en todas las regiones del estado, y lonas informativas para identificarlas que se imprimen del diario a la velocidad de la luz. La difusión reiterativa y machacona de los temas es una actividad anodina pero constante.
Esa fórmula del adormilamiento pasivo de la sociedad funciona desde tiempos inmemoriales y se aparta de Nuevo León, por ejemplo, pese a su cercanía territorial; allá sus figuras electorales más relevantes provienen de la farándula y viven de la polémica, con una diferencia: Nuevo León se gobierna solo, pero Coahuila no; no es un estado que se pueda dejar al garete, a su suerte, pues la descomposición social (derivada de una eventual descomposición económica, laboral y de seguridad) nos respira en la nuca permanentemente.
Los regios, en cambio, se pueden permitir ser gobernados por El Bronco, Samuel, Pato Zambrano, Adrián Marcelo, o Ernesto Chavana, y aún así seguirían siendo el motor del norte del país. Con ellos, sin ellos, y a pesar de ellos.
Nosotros no.
Cortita y al pie
En ese contexto coahuilense donde nunca pasa nada, el último mes ha sido una vorágine de acontecimientos, a partir de las elecciones del 7 de junio.
Todo inició con la primera detención de los hermanos Flores, pasando por asonadas en el Congreso del Estado cada martes, hasta concluir con el encarcelamiento de Tania, luego de una escalada de provocaciones y retos.
A su vez fue otorgada la venia para la reelección de los actuales alcaldes (la última, previo a la entrada en vigor de la reforma electoral que las prohibirá) en Saltillo y en Monclova. No así en Ramos Arizpe; o todavía no, por lo menos, considerando el factor Jericó (su cuñado es el Alcalde) y su definición de aspiraciones políticas para 2027.
En cuerda por separado se debe considerar la descafeinada campaña centralista de Morena cantando fraude electoral en Coahuila, usando términos domingueros como “QR Gate cibernético”. Gracias a dichos resultados electorales, por lo demás, el PAN estatal se volverá delegación (ya no será más comité independiente) pues añicos ya estaba hecho.
No menos importante resulta la llegada de Miguel Ángel Riquelme como Alcalde sustituto en Torreón para lo que resta del trienio (justo a la mitad), y el paradigma que se rompe con ello: no sólo se trata de un ex Gobernador aceptando un cargo que se considera menor en el escalafón después de haber ocupado la silla de Carranza en Palacio de Gobierno, sino que vuelve a ser Presidente Municipal, y además se hace acompañar por otro ex Alcalde como secretario del Ayuntamiento.
Y finalmente la radicalización del discurso político del Gobernador hacia la derecha, en un contexto mundial que justamente opta por esa tendencia.
Todo ello en un mes.
La última y nos vamos
Lo anterior es relevante para determinar, en lo sucesivo, si la seguidilla de sucesos significa un punto de quiebre a la referida normalidad institucional de Coahuila, o sólo se trata de una anormalidad del sistema.
Dicho de otra forma: si seguiremos atestiguando cambios políticos radicales, o si volveremos a la dinámica consuetudinaria de celebrar el día del bolero, del brigadista, del abogado, y una retahíla de oficios como si fuera el pase de lista del zá-zá-zá, ya-tu-zá, ya-tu-zá.
Los próximos meses darán la pauta.
@luiscarlosplata