De todo el catálogo de conductas antisociales que tipifica el Código Penal de Coahuila, previamente detectadas y estudiadas antes de incluirse como comportamiento...
De todo el catálogo de conductas antisociales que tipifica el Código Penal de Coahuila, previamente detectadas y estudiadas antes de incluirse como comportamiento nocivo para la convivencia, en aras de castigarse y eventualmente restablecer el orden, ¿se ha dado cuenta de que siempre florecen y explotan aquellas vinculadas a la territorialidad en Saltillo?
Comenzando por una de ellas: las habituales riñas.
Desde los asentamientos nómadas tlaxcaltecas y españoles que cohabitaron en la villa dividiéndola en dos (San Esteban y Santiago respectivamente), a la fecha, quienes habitan temporalmente un pedazo de tierra en El Valle de las Montañas Azules asumen una actitud territorial, en defensa de sus parcelas.
Lo mismo sucede cuando cada fin de semana los vecinos de La Minita, El Tanquecito y Guayulera, por citar los más representativos aunque no son los únicos ni remotamente, riñen entre sí a blockazos al desplazarse por los límites geográficos de las demarcaciones, e “invaden” (con conocimiento de causa o sin él, como provocación o por descuido) un espacio que no es el suyo. Se reconocen como ajenos, extraños, una amenaza latente. Es el carácter indómito de los huachichiles; o que no tenían ídolos ni dioses.
El derecho divino de pertenecer a un barrio se considera por encima del derecho civil a la libertad de Tránsito.
A últimas fechas ocurrió una representación teatral de poder: autoridades paseando en grupo por en medio de las calles de las referidas colonias, codo a codo en formación escolta, patrullando el perímetro con torretas encendidas, clavando su estaca de mando e hinchándose como plumíferos para ser vistos y establecer un clima de obediencia.
Han recuperado un territorio anárquico, se podría decir al ver las imágenes que inmortalizan el momento. Han sometido a los salvajes al arbitrio del Reino. Han llevado civilización a las antípodas.
Horas después del espectáculo, sin embargo, vuelven a reinstalarse las actitudes que motivan la intervención de la fuerza pública, encarnada en policías armados durante operativos de reacción.
¿Se trata de un tema que debe ser abordado exclusivamente por el ángulo de la seguridad (o inseguridad, según se vea)?
No necesariamente. Es cultural y ha sucedido desde tiempos inmemoriales; no es un fenómeno nuevo (como si se tratase de un reto viral importado de otras latitudes, por ejemplo) producto de la imitación de conductas que genera el uso de las redes sociales como ventana al mundo y vehículo de interacción. Esto último sí afecta, pero a otros sectores de la ciudad sin personalidad, en su mayoría enclavados en la artificial zona norte de la misma.
En los barrios, pese a la existencia del iPhone 17 como culmen de la inteligencia, se sigue viviendo como se hacía previo a la era dominada por Steve Jobs. Sectores de escasa movilidad social, impermeables a la migración y su influencia. Más auténticos, más genuinos.
Ahora bien, ¿eso significa que somos más primitivos y por tanto atrasados, según la narrativa dominante, o simplemente tradicionalistas y conservadores, de costumbres arraigadas?
Las riñas consuetudinarias nos han traído hasta aquí, no obstante, peleas entre escolapios afuera de las instituciones educativas, disputas por espacios de estacionamiento, exigencias de respeto a las cocheras, cortes de circulación con arbitrarios topes, reserva de lugares con objetos, incluso hasta sentarse asimétricamente en espacios de un camión de ruta urbana y no permitir que “Los Otros” (ese infierno que identificaba Sartre) ocupen las butacas que quedan vacantes, anteponiendo el cuerpo para dificultar la maniobra de un tercero, o colocando cualquier bolsa o mochila con el mismo fin, conforman la idiosincrasia del saltillense por su denominador común: marcar el terreno. En cada gesto se puede percibir.
Otra manifestación es la arquitectura ideada para la repulsión: disuadir a las personas de utilizar los espacios públicos, impedir multitudes, evitar el desgaste por el uso.
Su objetivo es claro: que ninguno se quede más tiempo de aquel que de manera natural invertiría para transitar por un lugar, o cumplir su cometido. No hay bancas ni mesas casi en ninguna parte con dicho propósito, y los espacios que pueden ser utilizados como tales, se imposibilitan de tal forma que no puedan ser usados: púas intercaladas, barreras, o alguna cosa que sirva para impedir su goce y disfrute.
El mobiliario urbano es hostil para desincentivar la recreación y el esparcimiento. Superficies duras, sin árboles, prevalencia de ángulos incómodos que impidan detenerse a descansar o simplemente contemplar lontananza.
Circulando, es la máxima de la metrópoli. El saltillense está condenado a circular y jamás detenerse.
Cortita y al pie
Por lo demás, la disputa electoral —cuando la hay— es eminentemente territorial. Los partidos políticos tienen milimetrado el espacio público no sólo por secciones, sino hasta por banquetas. Saben la preferencia de los domicilios. Les tienen ubicados. Sus líderes (una vez más, territoriales) ven con recelo a quien osa hacer campaña en un sector previamente censado y catequizado. A los intrusos se les cerca. Se les rechaza.
No extrañan por ello los resultados que casi siempre se repiten en Saltillo (rechazo masivo a Morena como agente externo), ya que suponen lo mismo: somos territoriales (y no aceptamos, por consecuencia, intrusos que intentan imponer directrices desde la Ciudad de México mediante representantes locales de baja estofa).
La última y nos vamos
No es tan difícil de entender. Es un asunto hasta biológico y poco ha cambiado en 449 años.