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Saraperos un día; saltillenses el resto del año

Es una de nuestras más recurridas tradiciones locales y acaba de suceder: “canastear” —ese verbo tan saltillense— boletos para la inauguración...

Es una de nuestras más recurridas tradiciones locales y acaba de suceder: “canastear” —ese verbo tan saltillense— boletos para la inauguraci
REDACCIÓN
ZOCALO | MONCLOVA
04-30-2026
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Es una de nuestras más recurridas tradiciones locales y acaba de suceder: “canastear” —ese verbo tan saltillense— boletos para la inauguración de la temporada de beisbol (o de lo contrario, ir a formarse desde temprano a las taquillas del estadio Francisco I. Madero para conseguir unos, así sean comprados, y poder formar parte del coro que asistió al evento canon del año: el primer partido de los Saraperos de Saltillo en casa.

Al saltillense le da FOMO (fear of missing out, del inglés) perderse la fecha y no “presumirlo” en sus redes personales o el suplemento de los domingos. Ansiedad social, a secas. Ese día, por única ocasión, políticos ordinarios y gentecita “tipo bien”, quienes ni por error cruzan el bulevar Nazario Ortiz hacia el sur el resto del año, se internan en lo que Pérez-Reverte definió como “territorio comanche” (o eso creen ellos, desde su falso privilegio) con el ánimo de ir a ese festival tan genuinamente saltillense que se trata de ver y que lo vean a uno para después retroalimentarse: “¿viste quién andaba pero no con su esposa?” “¿Te fijaste que…?”. En eso consiste ser saltillense. De eso se trata, entre otras (pocas) cosas.

El aficionado auténtico al beisbol, Angus Prime, les ve con recelo pero sabe, conocedor del ecosistema, que se irán pronto, como parvadas de gansos.

Y así sucede. Del 17 de abril a la fecha, es decir, a escasos 13 días de iniciado el calendario, Saraperos ha registrado el peor inicio de temporada de las últimas dos décadas (1-8 de récord, con .111 de porcentaje). Es el equipo de la Liga Mexicana con más negativos. Números que asemejan aquellos años, previo a la llegada de la familia Ley como propietarios (prestanombres, dirán algunos afectos a la teoría de la conspiración con el poder), donde la desidia y el desdén se apoderaban de “Los Chiriperos”.

Pero ahora es diferente. Una inversión atípica de 60 millones de pesos (cifra oficial) en el inmueble precede al inminente fracaso. Pese a ello, los saltillenses una vez más se han alejado del equipo asociado vox populi al Gobernador del Estado en turno, a quien señalan como dueño cada sexenio. Otra de nuestras tradiciones.

A diferencia de aquellas urbes donde el ánimo social depende de los resultados del equipo deportivo representativo (pienso concretamente en el área metropolitana de Monterrey y sus índices de violencia familiar al alza cada que pierden los Tigres y Rayados), en Saltillo siempre domina un estado catatónico cuasi depresivo que nos distingue como sociedad, con independencia de los jonrones que sucedan o no en el diamante, pese a que sigue siendo, décadas después, el entretenimiento único de la ciudad (salpimentado por conciertos ocasionales en el mismo lugar, casualmente).

Aún así se repite como lugar común que el equipo une a la comunidad saltillense, dividida por estratos socioeconómicos. Exactamente por dónde les une, cabría preguntarse, pues el sentido de pertenencia no está en las butacas numeradas, sino en la defensa del territorio que realizan los habitantes de la colonia El Tanquecito, al poniente de la ciudad, en las riñas consuetudinarias los fines de semana. Ellos, y otros que hacen lo propio.

Por lo demás, qué es hoy el Sarape para el Municipio. Pijameros de Saltillo sería un nombre más apropiado a la idiosincrasia; ad hoc a la estética urbana.

Cortita y al pie

Si el alma de los torreonenses al unísono resuena en La Casa del Dolor Ajeno cuando juega el Santos Laguna, ¿dónde puede ser apreciada en su máximo esplendor la expresión más genuina del ser saltillense?

No es en las paupérrimas entradas al estadio Madero donde juegan los alicaídos Saraperos desde hace 56 años, ni en las gradas del desvencijado estadio Olímpico, sede de cuanto conjunto de fútbol pasa por ahí cíclicamente con distintos nombres, emblemas, categorías y directivos o dueños, que ya es difícil seguirles la pista y saber qué representan exactamente y a quién, en ese momento determinado.

¿Cuáles son entonces los resortes internos que mueven al saltillense para abandonar sus actividades cotidianas —las que sean— y participar en algo relacionado con la colectividad? A involucrarse, básicamente.

Sencillo: las cosas gratis. La gratuidad es el lubricante social en la capital de Coahuila. Ahí es cuando Saltillo se vuelca. Pierde el pudor. Abandona el desinterés y la apatía, tan naturales desde los descendientes tlaxcaltecas hasta nuestros días. No se trata de un tema de carencias o mendicidad. Tampoco de escasez, profundizando más en motivos socioeconómicos. No es la pobreza ni la marginación el hilo conductor ni trasfondo del fenómeno. Es distinto. Es una emoción violenta que coexiste con la pulsión de obtener un beneficio individual por encima de los otros.

Enterarse de la vigencia de algo gratis produce al saltillense “visión de túnel” (el mecanismo de concentrarse únicamente en eso). Se ciega ante todo lo periférico para enfocarse con mayor claridad. Los psicólogos llaman a esto “inhibición de metas”: dejar de hacer y atender otros asuntos por concentrarse en esa —para él— necesidad apremiante, como menciona el libro “Escasez: ¿por qué tener poco significa tanto?, de Mullainathan y Shafir (FCE, 2013).

En Saltillo, justo es decirlo, ningún líder exalta pasiones. Nadie tiene un poder de convocatoria propio; ni organizaciones ni instituciones, ni en lo público ni en lo privado. Ninguno reúne las almas en torno a una causa común, como sí lo hacen las filas interminables a fin de aprovechar alguna promoción, conseguir boletos, participar en un sorteo, por citar algunos ejemplos en el plano virtual y analógico.

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