¿Hasta qué punto convergen la vida personal y la vida pública en la misma plataforma, de tal forma que la línea divisoria...
¿Hasta qué punto convergen la vida personal y la vida pública en la misma plataforma, de tal forma que la línea divisoria entre ambas ya no se distingue y enmascara lo importante?
Un político que prepara cortadillo para la comida campirana. Otro que toca la guitarra frente a un público. Una más que lleva a su hijo a la escuela en lo que parece ser una “Mamavan”, y otra que come frijoles charros en vaso desechable (con sus propias manos, además) y lo difunde como una hazaña.
Son ellos, pero pueden ser otros, indistintamente, en situaciones similares o análogas. Asando carne, yendo a una práctica de tiro, haciendo ejercicio. Cualquier cosa. Es importante que lo sepamos.
Ya no existe la transparencia. El Instituto Nacional de Acceso a la Información fue extinto hace un año y, con él, cayeron en efecto dominó todas las piezas estatales en la materia, reduciéndose así a su mínima expresión las obligaciones que otrora permitían escudriñar, vigilar, supervisar y hasta verificar los entes públicos.
A cambio ha crecido exponencialmente la exposición pública en redes sociales de los actores políticos en ese mismo lapso. Como si, de manera natural, un fenómeno sustituyese a lo otro. Pero no ganamos una caja de cristal sino exhibicionismo a secas.
Si bien es difícil ubicar algún pionero, Samuel García, desde Nuevo León, activó semanas atrás el plan payaso. Afeminado, exagerado, ridiculizado, mostrando el interior de su casa (zonas escogidas y deliberadamente producidas, desde luego) y exhibiendo a sus hijas menores de edad en un afán instrumentalista y utilitario (que las utiliza como instrumento para obtener algún dividendo, pues), su mensaje es que no hay mensaje. No narra nada. Aunque todo es el mensaje.
Los políticos coahuilenses, quizá por un asunto de cercanía e influencia, han seguido esa ruta en su ámbito individual con sus limitaciones intelectuales. Casi nadie se resiste a la idea (o a la práctica, mejor dicho): hay que entrarle al negocio de entretener; de figurar. Aunque no se tenga la habilidad para ello (lo cual se nota más que cuando sí se tiene). Están convencidos de que debe ser así. No existe otro camino ni una manera alternativa de comunicar al público, más allá de simular una vida modélica, sana, divertida, afable, extrovertida, familiar, responsable o desenfadada, ya que no existe un modelo único para obtener aceptación en los tiempos que se viven.
Tampoco se trata, en este caso, de poner en práctica la frase: “la palabra convence, pero el ejemplo arrastra”, pues no son ejemplo de algo ni pretenden serlo. Es vacuidad, simplemente.
La relación entonces se transforma. Unos, pasamos de ciudadanos a consumidores de contenido. Otros, a su vez, de políticos a creadores digitales (al nivel del influencer que hace reviews de ropa, comida, accesorios, vehículos o bienes raíces).
¿A dónde conducen las imágenes que nos tratan de vender? ¿De qué nos quieren convencer? ¿Qué objetivo persiguen? ¿Generan puntos electorales? ¿Audiencia? ¿Expectativas? ¿Producen un halo de carisma en automático? ¿Son bien valoradas por el auditorio? ¿Suponen cercanía? ¿Acaso una conexión?
“Les humaniza”, dirán algunos en su defensa. Por si acaso pensábamos que nos gobernaban robots autoregulados por una inteligencia artificial (¿en vista de los resultados obtenidos hasta hoy, no sería una opción a considerar?) o, peor aún, personas que “desayunan caviar con champagne todas las mañanas”, como cantan Los Traileros del Norte (¿y si así lo hiciesen, pero garantizasen resultados al hacerlo, habría algún problema?).
Más humanos, por lo demás, no significa más empáticos ni mejores funcionarios, por consecuencia.
Cortita y al pie
Gente que se graba durmiendo, o comiendo, por ejemplo, sin otro afán que ser vistos en tiempo real por personas anónimas detrás de cuentas que deciden unirse a la transmisión en vivo desde TikTok como espectadores. Es el voyerismo, sí. Pero también una relatoría de hechos. Las vidas más ordinarias publicadas en pequeños fragmentos de cotidianidad como espectáculo público del yo. Sin un mensaje estructurado. O tal vez la falta de estructura es el mensaje, en tiempos donde la estructura (que deriva de un orden mental) se aborrece, en aras de la inmediatez y una presunta improvisación (que no es tal, sino el algoritmo actuando en función de la captación de datos).
La última y nos vamos
Sin embargo esa digitalización afecta a la esfera política y provoca trastornos en el proceso democrático. Lo que a simple vista pareciesen nimiedades, conducen al deterioro.
En otras palabras: nuestros representantes entran a un juego que no dominan y quizá, ávidos de likes e interacciones, no se están dando cuenta de su función: la desafección política.
Es, en los hechos, una nueva forma de Gobierno: la “infocracia”, definida por Byung-Chul Han (2022) en su libro homónimo.