De Jueves Santo a Sábado de Gloria sucede sin falta un fenómeno social en Saltillo: la ciudad entera se vacía durante 72 horas...
De Jueves Santo a Sábado de Gloria sucede sin falta un fenómeno social en Saltillo: la ciudad entera se vacía durante 72 horas en una distopía que se repite con el calendario y se podría titular “Tres días sin saltillenses”.
El habitante de La Ciudad de las Montañas Azules es tan desconfiado de su entorno que durante las jornadas culmen de la Semana Santa sale del Municipio para ir a ver con sus propios ojos a los paseantes que, como él, han abandonado la capital hacia destinos regionales por lo regular. No va, pues, de paseo, sino a observar a los otros que han ido a observar a los otros de paseo, en un ejercicio interminable de vigilancia pasiva con fines de escrutinio e imitación.
Un impulso interno le obliga a tener la certeza de que ahí, en algún lugar, deben estar sus conciudadanos a quienes ha perdido momentáneamente de vista, pues las calles y avenidas del Municipio se han vaciado abrupta y subrepticiamente como si existiese un acuerdo tácito del que ha sido excluido.
Pese a su ADN ultramontano y vocación de claustro, cuando abandona momentáneamente su ermita el saltillense sale a ver y a que lo vean. Ese acto de reconocerse y validarse con los demás que definió el filósofo austriaco Husserl como alteridad: la experiencia del otro en relación con el “yo”. En ello encuentra placer y alivio.
En Saltillo se practica desde tiempos inmemoriales en la calle Victoria, y hasta se acuñó un verbo en su honor: “Victorear”. Es decir, otear en “la de” Victoria. La observación de los demás en una zona común como expresión de la personalidad.
En las desvencijadas casas que todavía quedan en pie dentro de su Centro Histórico, intercaladas entre zapaterías de escaso valor arquitectónico y bares que rompen toda regla de convivencia urbana, solitarios ancianos abren sus zaguanes y se apostan en la puerta, atados a la piedra de adobe como modernos seres de Sísifo, durante largas jornadas con un objetivo que también es modus vivendi: ver, y que les vean. Aquello es un pase de lista diario. Así sus vecinos -quienes hacen lo propio- saben que permanecen vivos mientras testifican el desarrollo de las actividades en su calle, como quien scrollea o hace zapping durante horas.
No es casualidad que el primer edificio de vivienda vertical a gran escala, ubicado en el cruce de la calle Abasolo y el bulevar Nazario Ortiz Garza, se haya levantado justo en un punto que funge como gran panóptico donde todo puede ser visto desde cualquier orientación cardinal.
Si en otras latitudes las terrazas (a pie de calle, en una banqueta; o en altitud, como un ático) se orientan hacia lontananza para contemplar un atardecer, unas montañas o el mar dependiendo de la situación geográfica privilegiada, con un afán de esparcimiento, en Saltillo las vistas panorámicas apuntan hacia los bulevares más transitados de la ciudad (en coche, naturalmente, pues no existe otra forma de movilidad urbana). El enfoque visual siempre se dirige hacia el centro, nunca hacia su perímetro, con una intención que no es advertida: seguir viendo desde ahí a los demás cómo circulan, y que los demás les sigan viendo a ellos al circular por ahí.
Si partimos de dicha premisa, una urbe despoblada no sirve al saltillense para consumar su misión y propósito de vida. Por ello requiere salir a la búsqueda de sus semejantes y recrearse en la luz que irradia el iris de terceras personas aunque no les conozca.
Abandonar voluntariamente la ciudad por tres días no es una necesidad fisiológica propia de la primavera temprana que lo empuja a hacer una pausa en su cotidianidad. Ni siquiera es un asunto de religiosidad o la oportunidad que ofrece un santoral que corresponde a otra época pero se aprovecha en el presente. Desaparece entonces para reconocerse fuera y validarse con los demás.
Cortita y al pie
“Espantosos días santos. La ciudad entera semeja un hospital: almas dolientes echadas sobre los camastros, con una pierna entablillada. Nubes de plomo bajan hasta el nivel de la frente. Cuesta trabajo respirar, hablar, caminar así sea de rodillas. Los siete templos estuvieron llenos, como las siete cantinas la semana anterior”, escribió en su día el zacatecano Alfredo García, uno de los mejores prosistas que ha albergado la capital de Coahuila, en su libro La viga en el ojo (2002).
Al estilo que Baudelaire inmortalizó en El Spleen de París, el poeta describe la Semana Mayor en Saltillo: “El aburrimiento corrompe como una enfermedad letal las calles, las tiendas y las plazas de esta ciudad de provincia. Es como un hipopótamo chapoteando en el lodo. Los burócratas no trabajan, las monjas no rezan, las computadoras se fugan. Sólo una serie interminable de entrevistas a funcionarios públicos en cualquier canal de televisión”.
La última y nos vamos
A propósito de los hábitos que distinguen al saltillense, tiempo atrás el vicepresidente de Costco mencionó: “vienen hasta siete de una familia y únicamente se llevan un pastel”. Por ello, si en otro contexto la frase “Nada más ando viendo” sirve para no ser perseguido ni cuestionado por algún vendedor de piso, en Saltillo define la relación del hombre con su entorno. Incluso en la Semana Santa.