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Gringo loco en Saltillo: el veterano U.S. Army que llegó de Texas para matar

Un gringo que llegó de Texas a Saltillo para matar. Un chilango que hizo lo propio desde Tepito, en CDMX.

Un gringo que llegó de Texas a Saltillo para matar. Un chilango que hizo lo propio desde Tepito, en CDMX.
REDACCIÓN
ZOCALO | MONCLOVA
08-06-2026
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Un gringo que llegó de Texas a Saltillo para matar. Un chilango que hizo lo propio desde Tepito, en CDMX. Existe un mes de diferencia entre ambos acontecimientos que acabaron en feminicidio, propulsados por la fuerza centrífuga del verano que achicharra el lóbulo frontal (aquel que regula el juicio y el control de los impulsos) y empuja a tomar las peores decisiones (como ejemplo basta la ola de suicidios en el Municipio —13 consumados en solo 20 días, del 15 de julio al 3 de agosto— o creer incluso que un equipo tan mediocre como la Selección Mexicana de Fútbol tenía oportunidad alguna en el Mundial cuestionando “¿Y si sí?”).

Ocurrió el 4 de agosto en la colonia Antonio Cárdenas, en el poniente de la ciudad, y el 6 de julio en la colonia Santa Bárbara, en el oriente. A manos de sus parejas, foráneos. Ambos mayores que ellas (con una diferencia de edad importante, por lo menos de una década).

Una, saltillense, regresó al terruño huyendo de la violencia familiar al otro lado de la frontera internacional. Otra, chiapaneca, llegó escapando de lo mismo en la Ciudad de México.

Hay un patrón de comportamiento entre los dos sucesos: ambos personajes homicidas hicieron de la pedida de mano en Saltillo un espectáculo público (el compromiso es mayor y más fuerte si se realiza frente a terceros, se presume). El gringo, el 23 de agosto de 2022. El chilango, por su parte, el 15 de septiembre de 2025. Agresores armados con regularidad en suelo saltillense. El coctel perfecto.

Del primer caso se dio cuenta en este mismo espacio el 19 de julio (Historia de un feminicidio en Saltillo: el tepiteño y la chiapaneca que se juraron en el Grito).

En el más reciente, el protagonista se trata de Chad Eberle, de 36 años. Expolicía de Bangs, en el condado de Brown, corazón de Texas, lejos de todas las demarcaciones importantes al mismo tiempo, y exmilitar al servicio de los Estados Unidos rango “especialista” (E-4) en las fuerzas armadas (dato que no ha sido expuesto hasta el momento, justo es decirlo).

Habitante de Schertz, Texas, un suburbio al noreste de San Antonio. Nacido en marzo de 1990. Ha residido en diferentes ubicaciones junto a su madre (Christine, 58 años) y su pareja (Alysa, 29 años, relación anterior a la saltillense que nos ocupa). En el registro público aparece como propietario de dos inmuebles, precisamente en San Antonio.

Enlistado desde 2012 (a los 22 años) en el Ejército estadounidense, se desempeñó como “armor crewmember”, es decir, operador de tanques de combate y vehículos de asalto, con adiestramiento para disparar armas y destruir posiciones enemigas.

Y así lo hizo el martes, en Saltillo: de disparos “limpios”, a la cabeza. Con silenciador y una intencionalidad: reducir a sus cuatro víctimas.

“Deberás estar preparado para defender a nuestro país en cualquier parte del mundo”, reza la propaganda oficial del U.S. Army, a propósito de la “especialidad”.

Irónicamente todo un ‘Chad’, en la jerga slang de redes sociales.

Cortita y al pie

El Saltillo de zaguanes que se abren por las tardes y desde una mecedora se contempla lontananza (cuya horizontalidad no llega más allá de los 10 metros que dividen una acera de otra, espacio para divisar a los vecinos y a quienes por ahí transitan) todavía existe, aunque confinado a un sector de la ciudad: el Centro Histórico y la periferia de éste, adobe que aún resiste las inclemencias y a sus habitantes atados a la piedra. Ese acto de reconocerse y validarse con los demás que definió el filósofo austriaco Husserl como alteridad: la experiencia del otro en relación con “el yo”.

En las desvencijadas casas que todavía quedan en pie, intercaladas entre zapaterías de escaso valor arquitectónico y comercial, solitarios ancianos se apostan en la puerta durante largas jornadas con un objetivo que también es modus vivendi 449 años después: ver, y que les vean. En los otros puntos cardinales de la metrópoli, pese a su ADN ultramontano y vocación de claustro, el saltillense hace lo propio; ese fenómeno de observar a los demás en una zona común con fines de escrutinio, imitación y solazarse.

El resto es la selva. No podía ser diferente tratándose de una ciudad que alberga a un millón de personas.

La última y nos vamos

En el puente internacional de Piedras Negras quedó asegurada por la Policía Estatal la camioneta gris de Chad Eberle, rotulada con el logotipo de su negocio: “Eberle, signature homes” (casas exclusivas), junto a la descripción del servicio que ofrecía: “built o quality, designed for life” (construido con calidad, diseñado para la vida).

Por lo demás, Saltillo no es ni será el Texas de rancheros redneck, proarmas, ni la CDMX donde a tenor del desgobierno de “izquierda” se vale todo; pero bien valdría por lo menos una reflexión sobre la razón de existir en El Valle de las Montañas Azules.

 

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