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El suicidio en Saltillo y la hipocresía social y oficial con el fenómeno

Desde Manuel Acuña, el saltillense atormentado por excelencia, quien lo llevó de exportación a la Ciudad de México en 1873...

Desde Manuel Acuña, el saltillense atormentado por excelencia, quien lo llevó de exportación a la Ciudad de México en 1873...
Luis Carlos Plata
ZOCALO | MONCLOVA
08-09-2026
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Desde Manuel Acuña, el saltillense atormentado por excelencia, quien lo llevó de exportación a la Ciudad de México en 1873, a la fecha, el suicidio –guste o no– es una huella de identidad en El Valle de las Montañas Azules.

Acompaña sus días plomizos, forma parte del paisaje urbano, es materia de conversación o cháchara, incluso años atrás, en un afán recreativo (pues visto en retrospectiva no se entiende de otra manera), los medios de comunicación contaban y sumaban los casos conforme iban sucediendo anualmente; una numeralia interminable que se tenía presente mentalmente y se actualizaba cada que uno más sucedía, hasta que advirtieron la psicología de las masas (“El efecto Werther”) y su proclividad a la mentalidad de rebaño, y dejaron de hacerlo.

El exacerbado énfasis en seguir la cuenta como “epidemia” u “ola”, a la larga, despersonalizaba a los individuos involucrados.

Hoy, sin embargo, experimentamos una cifra histórica: un total de 15 suicidas en 24 días. Del pasado 15 de julio al 7 de agosto. Se trata de una racha sin parangón en otro periodo ni época contemporánea.

¿Eso significa que la tendencia se mantendrá los próximos meses y la proyección es terminar el 2026 con una estadística histórica?

No necesariamente.

El precedente más cercano fueron 13 casos en julio de 2019 (del 2 al 30, o sea un periodo de 29 días), y el récord necrológico, a su vez, es de cuatro en menos de 24 horas, la jornada dominical del 11 de mayo de 2025; por temporalidad, hubo tres en un plazo de hora y media (entre las 13:15 y 14:50), el 25 de noviembre de 2019.

En 2018 el IMPLAN de Saltillo articuló un documento denominado “Análisis sociodemográfico y espacial del suicidio en Saltillo”, pionero de la materia en la ciudad. En 2022 la misma institución retomó el tema y conformó entonces “Análisis del suicidio en Saltillo 2018-2021”.

En ambos ejercicios -el último más robusto que su predecesor- el objetivo fue situar los decesos ocurridos en un mapa municipal, distribuidos cartográficamente. Por inercia, como se hace con la incidencia delictiva, por ejemplo. Al tratarse de un tema multifactorial, sin embargo, de poco sirve la iniciativa. Es difícil encontrar el denominador común y un patrón de conducta. Y si lo hubiese, ¿qué pasaría? ¿Se puede, ya no digamos remediar, sino simplemente “hacer algo” al respecto?

Por otro lado, si no se mide, identifica ni estratifica, ¿cómo se puede afrontar entonces?

Sí, la mayoría son varones jóvenes. Sí, habitan por lo regular en zonas de clase socioeconómica baja. Sí, el entorno es urbano y casi nunca rural. Sí, hay correlación con las adicciones. Sí, hubo ideaciones previas. ¿Y?

No son los únicos ni los últimos factores. Varían desde la genética, medio ambiente, relaciones interpersonales, dificultades económicas, enfermedades crónicas, festividades del calendario, vicios adquiridos, influencia de los medios de comunicación y las redes sociales, hasta particularidades basadas en dogmas de fe como que Millennials y Centennials toleran menos la frustración, a diferencia otras generaciones que les preceden.

Se ha vuelto lugar común asociar el suicidio a la nostalgia por las fechas decembrinas (depresión, tristeza, presión social). La estadística, no obstante, desmiente al prejuicio: diciembre no es muy distinto a otro mes del año en cifras. No se disparan por un asunto emocional.

Por el contrario, junio y julio de cada ciclo anual casi siempre destacan.

Un ejemplo: hubo 27 casos en el bimestre junio-julio de 2019, uno de los más calurosos de la historia contemporánea, lo cual finca una correlación climática con las muertes. De ellos, 26 fueron varones.

El de 2026 ni siquiera ha sido un calor extremo como el de otros veranos recientes; incluso el estío ha sido relativamente lluvioso esta vez. Cabría preguntarse, por lo demás, porqué no hay tantos suicidios en Sevilla si allá lindan los 45 grados en estas mismas fechas. No vayamos tan lejos: en Monclova.

La tasa de Saltillo es mayor a la estatal, a la nacional, y a la mundial. Aún así, la capital de Coahuila no es el municipio del país donde más personas se suicidan. Es de los punteros, en cambio, en “googlear” la palabra “suicidio” en el buscador más popular de internet. Es decir, en Saltillo hay más personas buscando información sobre un suicidio potencial, que personas cometiéndolo. Por ende, somos una comunidad con la insana predisposición a contar muertos. Circunstancia que habla más de la sociedad como espectadores, que de las víctimas en sí.

El 9 de abril de 2019 fue publicada en el Periódico Oficial del Estado la Ley de Prevención del Suicidio, cuyo “objetivo específico” consiste en “disminuir la incidencia del suicidio”. Su aplicación corresponde a la Secretaría de Salud estatal, en coordinación con los Ayuntamientos de la entidad. De sus 18 escasos artículos, el único sustantivo es aquél donde enlista una serie de 21 lineamientos dirigidos a los medios de comunicación, sobre la manera de abordar la difusión de noticias sobre suicidio. El resto es paja.

En atención a ello, se modificó el ejercicio periodístico en la ciudad; no obstante, la estadística creciente no cesa.

Cortita y al pie

El objetivo principal de un gobierno es -o debería ser- preservar la vida de sus gobernados. Bajo ese paradigma, en otros países (Japón, Inglaterra y recientemente España) se han creado instituciones y políticas púbicas (con presupuesto, naturalmente) para tratar la “soledad no deseada”.

Y aquí hemos llegado a un punto medular, ya que el trasfondo es ése.

Ahora bien, si en el Municipio de Saltillo se hiciese -de hecho ya se hace parcialmente- una deliberación pública y democrática sobre presupuesto participativo, es decir, convocar a grupos representativos de ciudadanos, o preguntarles mediante una consulta popular a un espectro más amplio qué quieren hacer con el dinero público del Ayuntamiento, o con una parte de éste, ¿usted cree que pedirían otra cosa más allá de tapar los zafios y vulgares baches?

Ahí está el problema. En no ver más allá del automóvil y sus narices (en ese orden). En el individualismo de la metrópoli. En la descortesía propia del ultramontano que habita estas tierras desertificadas. En la cohesión social (o la carencia de ésta, más bien). En la nula comunicación y entendimiento entre vecinos que integran una comunidad.

Es el comportamiento, y ninguno de los tres órdenes de Gobierno lo toca.

Unos, en el plano Federal, exclusivamente dedicados a distribuir dinero bimestralmente como si fueran un cajero automático en medio de la nada para comprar preferencia electoral. Otros, en el ámbito Estatal, enfocados en los delitos de alto impacto (los que generan por consecuencia una percepción de seguridad). Y finalmente los Municipios, acotados por el ejercicio fiscal y los tres años que dura su mandato, enrolados en la supervivencia como proveedor de servicios públicos mínimos.

Estamos a nuestra suerte, sin respuesta oficial ni expectativas de la comunidad. Tampoco nos hemos puesto de acuerdo en lo esencial: definir con qué rasero lo vamos a medir. El de la moralidad o el de la legalidad.
Es una situación que rebasa transversalmente a todos y desnuda las estructuras que se hacen llamar instituciones y son autoridad porque monopolizan el uso de la fuerza pública.

Las potenciales soluciones encaminan hacia el Centro de Salud Mental (dando por hecho que se trata de un padecimiento psiquiátrico), o a la Secretaría de Salud (asumiendo es epidemiológico). El resto son pláticas de prevención en centros escolares (circunscribiendo a la vena psicológica la prevalencia).

Ante dicho panorama lo único que queda es asimilar el suicidio; no como un problema, sino como una manifestación cultural de decisiones individuales, íntimas, ajenas, voluntarias, respetables (o por lo menos tolerables, desde otra perspectiva).

La última y nos vamos

En la obra clásica de Durkheim, “El Suicidio” (1897), éste lo concibe como un fenómeno sociológico, resultado de la falta de integración del individuo a la sociedad. Por su parte José Emilio Pacheco, en “Desde entonces” (1978), ha dicho que “el suicidio es una crítica radical de nuestro modo de vida y por supuesto un asesinato simbólico”.

Seamos claros: es hipócrita verbalizarlo de otra forma cuando lo único que interesa en Saltillo acerca del fenómeno, es el morbo.

Y simular, nuestro verbo favorito. Así, unos hacen como que atienden, otros hacen como que les preocupa, mientras todos ignoramos.

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