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El PAN Coahuila en su laberinto (y la oportunidad que no están viendo)

Al PAN lo han desfondado.

Al PAN lo han desfondado.
Luis Carlos Plata
ZOCALO | MONCLOVA
01-31-2026
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Al PAN lo han desfondado. Desde aquél fatídico 4 de junio de 2017, cuando sus capitanes no supieron capitalizar el ánimo social que sí les acompañaba mayoritariamente como opción de alternancia en el Gobierno de Coahuila, todo ha sido desangrarse.

Desde entonces, elección tras elección, el fenómeno ha consistido en perder paulatinamente presencia en el espacio público estatal, hasta convertirse en testimonial. Menos votos en 2018, en 2020, en 2021, en 2023, y en 2024. De 366 mil sufragios únicos en su evento canónico de 2017, a 67 mil en 2024.

De 2022 a la fecha, en Coahuila los panistas han tenido una Presidencia simbólica. No ejerce. No existe. El colectivo que durante una década (2011-2021) lucró con el discurso de La Megadeuda o Los Moreira sin acciones efectivas más allá de la propaganda durante procesos electorales estrictamente, obteniendo con ello posiciones donde fluye presupuesto para una élite de sus miembros, casi siempre los mismos, acabó desempeñando un papel de comparsa.

Los cinco diputados locales que actualmente figuran en sus filas (muy distinto a decir poseen) y los dos legisladores federales, fueron obtenidos gracias a los sufragios depositados por ellos… pero en la casilla del PRI. Es decir, no les pertenecen. Y el único Ayuntamiento que gobiernan: Cuatro Ciénegas, ha sido cooptado por Movimiento Ciudadano.

Sus figuras emergentes –en edad Millennial aunque no lo parezca– no viven por sí mismos, si no es a la sombra del PRI. Lo mismo los de Monclova que los de Torreón, últimos bastiones en la entidad (en Saltillo existe un modelo de PAN rancio acotado a los empresarios y vinculado a la familia López. Nunca ha sido diferente).

Quién en su sano juicio puede sentirse representado por un Alfredo Paredes o un Gerardo Aguado si estos no se representan más que a sí mismos y sus intereses. Qué ganaría –en esa teoría empresarial de ganar-perder– un ciudadano acercándose a ellos como interlocutores con el poder, o legisladores a secas, si de antemano cualquier eventual gestión (incluso, información confidencial a ellos transmitida) terminaría en manos del enemigo (bajo una lógica de guerra por el poder).

No se sonrojan porque justifican su actuación en la alianza partidista de 2023, misma que les permite abiertamente manifestar su cohabitación con el PRI sin ser necesario esconder el juego ni sus intenciones. A mediados de 2025 disputaron entre sí el Comité Directivo Estatal, que no supone otra cosa más que la posición desde la cual podrían interactuar como interlocutores (negociar, básicamente) con el poder estatal en la mesa donde se reparte el queso. Una patente de corso moderna.

No obstante a finales del mismo año, desde el Comité Directivo Nacional, absorbieron la facultad para ser ellos quienes desde allá se reserven ese derecho. Y como en sus cálculos les estorba el PRI en el plano nacional rumbo a 2027, por un asunto de congruencia no pueden coaligarse con él en Coahuila durante 2026, aunque las circunstancias acá sean distintas.

En el peor momento de su historia contemporánea, sin embargo, es cuando se abre para el PAN una ventana de oportunidad. Y no la están viendo.

Sin nada qué perder de ahora en adelante, pues el viernes feneció el término para aliarse con otras fuerzas políticas y ya se da por hecho que su porcentaje de votación en la próxima jornada electoral –en el mejor de los escenarios– rondará 3% de votos válidos emitidos (demasiados para tener sólo tres mil 900 militantes en Coahuila, justo es decirlo), suficientes para obtener una diputación local plurinominal por prorrateo, pero nada más.

Ello significa que sus políticos más visibles, los de la misma barajita sobada que se manosea desde hace 15 años, no sentirán interés en participar (quemarse, dirían algunos) ni siquiera por las pírricas prerrogativas que recibirían a cambio de prestar su imagen (muy distinto a hacer campaña efectiva) y significar algo en la elección para renovar el Congreso Estatal; en específico, simular una opción bajo el renovado emblema blanquiazul centralista.

Tampoco hay cuotas que repartir entre los mismos de siempre y, al no haber convenio con el PRI–Gobierno, no han sido convocados a la clásica concertacesión.

Pueden entonces, por qué no, desapergollarse. Abrir sus 16 candidaturas de mayoría para jóvenes con ganas de mostrarse, experimentar, y con ello oxigenar el nocivo Memoanayismo que les corroe, y dotar de aire fresco al partido estéril que no gana ni ganando.

Cortita y al pie

Por lo demás, el planeta gira hacia la derecha. La narrativa de la superioridad moral encarnada en la izquierda no se sostiene porque ha sido puesta a prueba y una vez más ha decepcionado (como en otros momentos de la historia, al fin cíclica). En lugar de aprovechar su lugar en el espectro ideológico, el PAN ha recorrido hacia el centro político sus posturas, dudando de sus convicciones y acomodándose sin tino a lo que vociferan las redes sociales (que no es necesariamente la misma manera de pensar que predomina en el mundo no virtual).

Se van a ir de espaldas cuando se enteren cómo piensa la Generación Z, por ejemplo, y por qué para ellos sería interesante y edificante una opción alejada de la hipocresía y el falso progresismo de Morena y sus partidos facilitadores, y del estatismo encarnado en el PRI.

La rebeldía se volvió de derecha, contestataria del wokeísmo y a contra corriente de la corrección política enquistada en el establishment, como afirma Pablo Stefanoni en su libro “¿La Rebeldía se volvió de derecha?”, o “Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común”.

La última y nos vamos

La elección de junio es un tiro dos contra dos (PRI-UDC Vs. Morena-PT) entre estructuras electorales, pensando más en la estadística y una eventual sobrerrepresentación; inclusive, anticipando la disposición de los recuadros con fotografía por primera vez en la boleta (que ninguno ocupe más espacios que su competidor).

En esa coyuntura, donde no participa el PAN, y además ya no puede caer más bajo de lo que ha caído los últimos nueve años pues tocará por fin piso, poco pierde al reinventarse. Y si bien no hay garantías ni absolutos, mucho menos fórmulas exactas, para ellos renovarse se antoja obligatorio.

A la democracia no le conviene un partido (segunda fuerza política estatal de 1939 a 2018) apocado, reducido a nada.

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