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El Mundial ‘en Coahuila’ y su justa dimensión; ¿un asunto de actitud?

Aprenda inglés. Salude y pida las cosas por favor. Quítese la cachucha y la pijama. Sáquese las manos de las bolsas y dé las gracias.

Aprenda inglés. Salude y pida las cosas por favor. Quítese la cachucha y la pijama. Sáquese las manos de las bolsas y dé las gracias.
REDACCIÓN
ZOCALO | MONCLOVA
01-29-2026
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Aprenda inglés. Salude y pida las cosas por favor. Quítese la cachucha y la pijama. Sáquese las manos de las bolsas y dé las gracias. Ofrézcase a moverle la pancita a los extranjeros como gesto de buena voluntad. Que no se nos note lo ranchero. Lo penoso. Lo ultramontano. Lo rancio.

Esa es la indicación popular de los hoteleros y restauranteros hacia la comunidad en la víspera de Mundial 2026 que se celebrará en Monterrey (cuatro partidos de 104, justo es decirlo), pues no les vayamos a hacer quedar mal siendo como somos a ellos, punta de lanza de quién sabe qué.

La expectativa entre quienes ya se frotan las manos es atender miles de güeros dispuestos a dejar sus dólares al costo que sea, a cambio de lo que quieran venderles. O por lo menos eso es lo que aquellos como coahuilenses distinguidos esperan.

La realidad es que los juegos del 14 (domingo), 20 (sábado), 24 (miércoles) y 29 de junio (lunes), si bien va, atraerán visitantes focalizados, no una oleada de larga estancia ‘desquehacerada’ y con tarjeta bancaria en mano.

Túnez por partida doble, Japón, Corea del Sur, Sudáfrica y un equipo sorpresa, serán las selecciones representativas que arribarán a Nuevo León. No se trata de equipos que convoquen aficionados de otros países ajenos al que representan, como es el caso de Brasil o Portugal, Argentina o España. Por ello la fiebre mundialista, el virus desbordante, sintetizado en una economía derramada, puede que no sea más que un sueño guajiro, o, en el mejor de los escenarios, una planeación mal enfocada.

Se rememoran aquellos tiempos, específicamente 1986, año del último Mundial en nuestro país (aquél sí completamente en suelo nacional), cuando las selecciones de Portugal e Inglaterra se hospedaron y concentraron a la sazón en el Camino Real de Saltillo (instalaciones convertidas hoy en un cuartel de la Marina subvencionado por el estado a cambio de su presencia en la capital pese a que “no hay mar” -como argumentó Humberto Moreira en su día para impedir su presencia-).

Monterrey entonces, cabe señalar, no tenía la infraestructura urbana y desarrollo económico que tiene ahora y que, básicamente, inició en los primeros años de la década de los noventa. Por ello salpicó a la capital de Coahuila. Hoy es completamente diferente.

Pareciese un asunto de actitud. De hospitalidad. De mostrarse como gente abriendo sus zaguanes para dar posada como anfitriones, sacando a orear sus mantas y sacrificando animales de patio para dar la bienvenida a otros.

Pero de Jalisco y de Ciudad de México, las otras sedes mundialistas en el país, ninguno llegará. Turismo nacional se antoja difícil por igual. Ahora bien, qué penitencia debería cumplir un foráneo para transitar 360 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, en un recorrido aproximado de 5 horas de viaje y 5 más de regreso por carretera, para trasladarse desde el estadio BBVA de los Rayados de Monterrey hasta el TSM del Santos Laguna, en Torreón, ni aun siendo éste subsede (lo cual significa que probablemente albergará una selección nacional). ¿Quién en su sano juicio invertiría 10 horas de viaje para… exactamente qué?

Más cercano queda Saltillo. Y un fenómeno particular aparejado en El Valle de las Montañas Azules: negocios que se deben corretear para encontrarles abiertos, por una razón: esa predisposición a no pagar empleados, o por lo menos no más de uno, obliga a los comercios locales ‘de toda la vida’ a las jornadas partidas para hacer rendir lo más posible las horas laborables, distribuidas a lo largo del día. Ello provoca que abran tarde y cierren temprano. O a mediodía nunca se les encuentre. No hay formalidad alguna ni ganas de ceder o atender.

 

 

Cortita y al pie

El turista mundialista, por lo demás, suele tener estancias cortas, reducidas a la obvia entrada al estadio el día del partido y una breve participación en la zona que suele ser preparada con antelación por el comité que organiza, a fin de concentrar multitudes en dicho espacio (por lo general una explanada o un andador) y no estresar el área urbana de las ciudades con marabuntas.

Mientras la cerveza esté medianamente fría, y haya sonido y animación con edecanes, botargas y grupos musicales, se da por bien servido. Lo mismo si es inglés o colombiano.

Nadie piensa, por ejemplo, en ir a las aguas termales de San Joaquín, o a santiguarse frente al Santo Madero. Mucho menos internarse para la foto de Instagram a las dunas de yeso ni a las pozas del desierto, o visitar ataviado con sombrerito de Indiana Jones un viñedo de un ex político local con millones de litros de agua concesionada, en la Región Sureste.

El paseante idealizado es, en los hechos, más cercano a un hooligan que a un ornitólogo amateur que visita el Museo de las Aves. Un pan de pulque como souvenir le sabe a poco.

 

 

La última y nos vamos

Póngase un sarape y un sombrero. Déjese crecer el bigote. Grite ‘como mexicano’. Prepare margaritas con mucho hielo.

Aunque no se sabe todavía para qué.

 

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