De 2025 a la fecha, 50% de los egresados no trabajan en el primer año a partir de que concluyeron sus estudios, y la tendencia se mantiene a la baja...
Hace unos días la coordinadora de Vinculación e Innovación Productiva de la Universidad Autónoma de Coahuila —funcionaria de lo más destacado que tiene la institución entre la mediocridad intelectual y el cuidachambismo que la corroen, justo es decirlo— soltó sin querer una bomba que reprodujo un medio de comunicación local: de 2025 a la fecha, 50% de los egresados no trabajan en el primer año a partir de que concluyeron sus estudios, y la tendencia se mantiene a la baja.
Lo anterior —según la narrativa dominante— representaría una tragedia educativa, pues la Máxima Casa de Estudios en el Estado (denominada así en función del número de alumnos y maestros que alberga: una matrícula de 38 mil 657 estudiantes y 3 mil 596 profesores) no estaría respondiendo entonces a ese par de quimeras en que funda su existencia: “las necesidades del entorno” —subjetivas, por lo demás— y ese animal mitológico llamado “el mercado laboral”.
Ambos conceptos mencionados figuran en el Plan de Desarrollo Institucional 2024-2027 de la UAdeC dentro del Eje 1: “La revisión y actualización de los programas académicos será prioritaria, alineándolos con las necesidades del entorno y del mercado laboral”. El sentido social de la educación pública, en pocas palabras. O que aquel conocimiento adquirido por los universitarios —en un sentido romántico— se propague a la comunidad, le sea útil indirectamente, y ofrezca soluciones a sus necesidades.
Esa desafección pareciera un fenómeno nuevo, extraño, sin embargo los datos han estado ahí desde hace años. De 2017 a 2023, por ejemplo, las solicitudes de ingreso a la UAdeC han disminuido de 28 mil a 22 mil 412 respectivamente. Ha bajado 20% la demanda pese a que ofrece 181 programas educativos, desde bachillerato hasta posgrado.
Algo está cambiando. En específico la visión dominante de que Coahuila no tiene habitantes, sino mano de obra. Y que sus universitarios obedecen al sector productivo; esa mano invisible que por momentos es muy visible.
Por otro lado, la Universidad ha fracasado en su intento de subirse a los negocios trasnacionales de moda.
En su día, cuando más intentaban introducir la idea del fracking en la agenda pública de Coahuila, se creó —o por lo menos esa fue la intención— un laboratorio y programas ad hoc en la Región Carbonífera, enfocado en el estudio del gas shale. Nada sucedió.
Luego vino un segundo periodo de esplendor, en fechas más recientes, a propósito del nearshoring. En esa coyuntura la UAdeC propuso educación superior “ágil y especializada”. Adaptada. “Recursos humanos especializados”. Esa burbuja también se desinfló.
Hace unos días en este mismo espacio se desarrolló una hipótesis a partir de una pregunta: ¿de qué se trata la vida en Saltillo?
Hoy la teoría se basa en un cuestionamiento distinto: ¿para qué estudiar en la Universidad Autónoma de Coahuila en pleno 2026?
Una respuesta de bote pronto sería argumentar que por inercia; para mantenerse vinculado al trenecito educativo por cuatro, o cinco años más, y retrasar por ese periodo lo inevitable: la vida laboral.
Otra alternativa es la clásica MMC: mientras me caso. Es machista decirlo en estos tiempos (en los otros también lo era), aunque no por ello menos real, considerando que 58% de la matrícula es compuesta por mujeres y 42% hombres.
Ambos propósitos históricos contribuyen a arruinar el porcentaje de colocación laboral.
Cortita y al pie
No obstante, inadvertidamente hemos llegado a un punto de inflexión: el alumno de la UAdeC hoy estudia para no hacer nada. Tal como el filósofo Cristian Castro (sí: el cantante, hijo de Verónica) enunció el año pasado: “El problema máximo de los seres humanos ahora es que no saben hacer nada. Ahora quieren hacer algo todos, y eso está tristísimo”.
“En mi cabeza yo sigo teniendo una adolescencia eterna; no me gusta ser adulto; no me divirtió crecer tanto; vivo día a día, a eso me dedico: a planear mi vida para no trabajar; no me gusta trabajar. Yo nunca tengo nada que hacer. No entiendo a los workaholics. A la gente le gusta hacer algo a fuerza, decir que está ocupada, y yo le quiero enseñar a no hacer nada, porque siempre quieren hacer algo las personas; ¡no hagas nada!”.
De un 85% de egresados con empleo casi inmediato, cifra sostenida, pasamos a menos del 50%. No es un asunto de desempleo local, crisis económica o falta de incentivos. Se trata de un cambio de hábitos (por llamarle de alguna manera, ya que sería muy osado decir de mentalidad, de paradigma, o incluso, un cambio civilizatorio).
La última y nos vamos
Pasamos de las necesidades colectivas, a los intereses particulares. El placer capitalista de estudiar algo que resulta interesante, aunque ello no represente inmediatamente dinero. El hedonismo como placer estético.
Y no es un tema necesariamente negativo. En su obra “Elogio de la educación” (2015), el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, recopila un ensayo publicado en 2001, denominado “La literatura y la vida”, ahí expone que “una sociedad democrática y libre necesita ciudadanos responsables y críticos, conscientes de la necesidad de someter continuamente a examen el mundo en que vivimos para tratar de acercarlo —empresa siempre quimérica— a aquél en que quisiéramos vivir”.
El que tenga ojos para ver, que vea.