Si pregunta usted a cualquier cochista de Saltillo (más de medio millón pulula diariamente por la ciudad, así que no será tarea difícil) qué opina de los recientes operativos de Tránsito Municipal...
Si pregunta usted a cualquier cochista de Saltillo (más de medio millón pulula diariamente por la ciudad, así que no será tarea difícil) qué opina de los recientes operativos de Tránsito Municipal en contra de los motociclistas (enfocado así el tema: como una cruzada con un objetivo a reducir o eliminar, no como regulación obligatoria), le responderá que cuenta con su aprobación (duro contra esos “motosimios”), pues el espacio público tiene dueño y es de ellos, aquellos cuyo vehículo cuesta más (y por tanto se creen con derecho a ocupar más espacio con la carrocería, y con preferencia sobre cualquier otra forma de moverse).
Desde una perspectiva compartida por la generalidad, donde no se concibe otra forma de circular por las calles de la capital de Coahuila, el transporte público no es suficiente y el que funciona se desprecia por un asunto de estatus social, los bicicleteros son una minoría estigmatizada como trabajadores de la construcción o jardineros, y los peatones no existen, la legitimidad necesaria acompaña esa iniciativa. Casi nadie se opondrá. No habría debate, pues. Máxime si la cruzamos con la estadística de accidentes mortales que involucran motociclistas: uno por semana, en promedio. Así se convierte, en automático, en una política pública para cuidarles de hacerse daño a sí mismos (al no portar casco o hacer acrobacias, amén de circular sin placas o no respetar el reglamento de Tránsito).Otro factor a favor de la campaña es que no es necesariamente recaudatoria, y sí parte de un acto legítimo: someter a la legalidad con el uso de la fuerza, a quienes están fuera de ella. En lo que va del año acumulan mil 300 motocicletas decomisadas, según cifras oficiales. Pocos las reclaman.
Prefieren perderlas. Se quedan en el corralón. En 2025 fueron mil 388, así que la proyección es superar esa cantidad por mucho en lo que resta de 2026.
Ahora bien, sin así desearlo, es decir, sin que sea un caso reflexivo planeado con estrategia, en el camino y por inercia aflora un asunto de higienismo social. Depuración. Epigenética en la Región Sureste de Coahuila.
Previamente se centró la narrativa local, apuntalada mediante mensajes repetitivos a través de los medios de comunicación, en un malestar único: los motociclistas como foco de infección. Se les representa como un cáncer. Hay que cortarlos de raíz por consecuencia. Extirparlos del cuerpo no humano que representan las vialidades como arterias. Y así se verifica, en los hechos: se les levanta por los aires, a centímetros del suelo -para que no lo toquen más y no sigan infectando con su presencia- y se les deposita fuera del asfalto.
Todo inicia con la construcción ideológica del enemigo. Caracterizar al otro con el rostro del desorden. La suciedad y el ambiente insano que puede provocar a las masas. Si un presunto problema es planteado así a la opinión pública, como una enfermedad, ese mismo expositor propondrá luego su tratamiento. Diagnosticada la infección, sólo queda desalojarla.
La aprobación del público entonces se produce de manera natural debido a la fijación popular por la limpieza.
Cortita y al pie
En una pretérita columna, a propósito del aniversario 447 de Saltillo en 2024, se dijo aquí que las pandillas (modelo de convivencia urbana, guste o no) ya no se solazan como lo hacían hace 30 años: a pie o en las esquinas o en las zonas comunes que puedan ser utilizadas para la recreación y el esparcimiento a su manera. Ese modelo paulatinamente dio paso a una nueva forma de mostrarse: sobre ruedas. En una metrópoli donde todo se acomodó para orbitar en torno al automóvil y hacer vida montado en llantas, devinieron en colectivos de bellacos motorizados. Es la nueva manifestación de la personalidad. Del Yo. Códigos de conducta que nos identifican. Identidad cultural pandilleril.
En el Municipio que abandonó el provincianismo en los ochentas gracias a GM y gradualmente se convirtió en un corredor de armadoras, rodar es el verbo que condiciona la existencia. El vehículo motorizado es el instrumento para ser, pues existir no es suficiente dentro de la comunidad. La persona no vale per se, no suena por sí misma ni tiene voz propia por definición etimológica, sino mide su valor en función de lo que monta. Mi carro, luego existo. Es un asunto de antropología. Del Homo Carrus (hombre carro, del latín).
Por ello nada enerva más a un cochista de la capital que los bellacos en motocicleta, alardeando su libertad sobre la carpeta asfáltica. Tribus urbanas que para expresarse también requieren de ruedas, pues a ras de suelo, se ha dicho ya, no se desenvuelve la personalidad.
Los fines de semana es habitual verles rondando por centenas. Los precarizados, racializados, barrializados y excluidos, emergen del Saltillo profundo; ése que no se ve desde los bulevares y calzadas, a las cuales acceden precisamente con sus motos. En la ciudad los conflictos siguen la suerte del trazo urbano: conforme se internan y enclavan las calles y manzanas hacia la periferia, menor cohesión social existe y más actitudes antisociales que a la postre generan delitos, se denuncien o no. Ahí, en ese entramado, subyace un amplio colectivo que no se siente representado. Más bien, excluido del desarrollo.
No se trata de una moda juvenil, sino de un fenómeno más profundo de lo que se cree: la transformación de la vida social (o el colapso de esta, según se vea).
La última y nos vamos
No nos estamos dando cuenta, o no lo estamos dimensionando de forma correcta creyendo que todavía vivimos en una época costumbrista de perones y membrillos, sarapes y pan de pulque, pero Saltillo vive una transformación silenciosa. No lo parece a simple vista, aunque al interior del Valle de las Montañas Azules la vida ya es otra cosa.
Sí, es la gobernabilidad y seguridad (evitar que el fenómeno de los bellacos se salga de control y se convierta Saltillo en Tailandia), y es también higienismo. La construcción de un relato basado en analogías infecciosas y la separación de un agente externo para preservar la salud comunitaria. Del siglo XIX. Del México decimonónico. Para pensarse, por lo menos.
@luiscarlosplata