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449: una radiografía del Saltillo contemporáneo

Como en cada cumpleaños de Saltillo, la narrativa oficial presume sus bondades como ciudad con base en índices y estadísticas...

Como en cada cumpleaños de Saltillo, la narrativa oficial presume sus bondades como ciudad con base en índices y estadísticas...
REDACCIÓN
ZOCALO | MONCLOVA
07-28-2026
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Como en cada cumpleaños de Saltillo, la narrativa oficial presume sus bondades como ciudad con base en índices y estadísticas, y la historia oficial repite sus acostumbrados lugares comunes: cosas que sí existieron, pero hace un siglo por lo menos, y en su día —se dice— nos dieron lustre. Año tras año se repite la dinámica.

Sin embargo, citando a Kundera, la vida está en otra parte.

Así que si tuviésemos que definir de qué se trata la vida en Saltillo durante 2026, o sea en su 449 aniversario de fundación que acaba de cumplir el sábado, cinco conceptos —previamente desarrollados en este mismo espacio— englobarían gran parte de su comportamiento social en la actualidad: el automóvil, la gratuidad, el chisme, los colegios, y el pandillerismo. Por separado, o relacionadas entre sí.

El gran tema es la transformación de los Huachichiles, al Homo Carrus; de los seminómadas cazadores-recolectores, primeros pobladores del territorio, a quienes transitan en circularidad con su automóvil como manifestación cultural.

En el Municipio que abandonó el provincianismo en los ochentas gracias a GM y gradualmente se convirtió en un corredor de armadoras, rodar es el verbo que condiciona la existencia. El saltillense está condenado a circular y jamás detenerse. La ciudad entera es un circuito Nascar apaisajado por construcciones inacabadas, asimétricas y anárquicas como patrón visual grisáceo de identidad. Tramos kilométricos de alta velocidad y puentes que incitan a correr ganan terreno en la mancha urbana, donde no existe ninguna posibilidad para transitar de otra forma.

No es un asunto de comodidad, ni siquiera de movilidad, sino de estatus. Es su carta de presentación en sociedad. En El Valle de las Montañas Azules la persona no vale per se, es decir, no suena por sí misma ni tiene voz propia por definición etimológica, sino mide su valor en función de lo que monta. Mi carro, luego existo. Y cambiarlo cada tres años al menos, como dictan los cánones de la urbe. No se trata sólo de poseer uno, hay que actualizar el modelo cada cierto tiempo para no desfasarse. Es un círculo vicioso del que pocos escapan.

Es un asunto de antropología. Hasta las relaciones sociales son de Drive thru, como quienes “festejan” montados en una limusina Hummer aparentando independencia y autonomía, cuando se trata de individualismo a secas.

Ahora bien, la gratuidad es el lubricante social por excelencia.

Los resortes internos que mueven al saltillense para abandonar sus actividades cotidianas —las que sean— y participar en algo relacionado con la colectividad o involucrarse, básicamente, son las cosas gratis.

Ahí es cuando Saltillo se vuelca. Pierde el pudor. Abandona el desinterés y la apatía, tan naturales desde los descendientes tlaxcaltecas hasta nuestros días. No es un asunto de carencias o mendicidad como motivos socioeconómicos. Tampoco de escasez. No es la pobreza ni la marginación el hilo conductor ni trasfondo del fenómeno.

Es distinto. Es una emoción violenta que coexiste con la pulsión de obtener un beneficio individual por encima de los otros. Enterarse de la vigencia de algo gratis produce al saltillense “visión de túnel” (el mecanismo de concentrarse únicamente en eso).

En Saltillo, justo es decirlo, ningún líder exalta pasiones. Nadie tiene un poder de convocatoria propio; ni organizaciones ni instituciones, ni en lo público ni en lo privado. Ninguno reúne las almas en torno a una causa común, como sí lo hacen las filas interminables a fin de aprovechar alguna promoción, conseguir boletos, participar en un sorteo, por citar algunos ejemplos.

Por lo demás, al saltillense le da FOMO (fear of missing out, del inglés) perderse una fecha especial para la comunidad y no “presumirlo” en sus redes personales o el suplemento de los domingos. Ese festival tan genuinamente local que se trata de ver y que lo vean a uno para después retroalimentarse: “¿viste quién andaba pero no con su esposa?” “¿Te fijaste que…?”. En eso consiste ser saltillense. De eso se trata.

Una fórmula probada que atrae a su sociedad desde tiempos inmemoriales y, al mismo tiempo, moldea una característica de su idiosincrasia, es la satisfacción por la derrota ajena. Pulsiones primitivas que generan avalanchas de comentarios entre la comunidad, como suele ocurrir cuando algo interesa lo suficiente para sacarle de su proverbial apatía.

Aprenderse —incluso memorizando detalles para compartirlos después en alguna charla frugal— los fiascos que han encajado y consumado empresas en la localidad, franquicias y familias por igual. Saber anécdotas —con lujo de detalle— del porqué quebró éste o aquél, y difundirlo con un dejo de superioridad moral a un eventual interlocutor que quiera oírlo.

Alardear, como si se tratase de una habilidad de supervivencia individual, el hecho de vivir en una sociedad en donde todo, tarde o temprano, termina por fracasar.

Asumir que conoce a los demás, por tanto tiene una opinión autorizada sobre ellos, encaminada casi siempre a regodearse con la miseria de otros. Ser, indirectamente, aficionados al fracaso. Un hábito social que no ha cambiado casi 50 años después, pues en la sociedad saltillense permea más el recelo que la generosidad o solidaridad.

Pero aún somos seres gregarios (es decir, vivimos en grupo, aunque individuales y aislados). Al compartir un territorio determinado en el tiempo y el espacio, existe todavía un ideal social. Replanteado de otra forma: a lo que aspiran quienes aspiran.

El éxito social demanda un comportamiento. Un hiking social bordeado de apariencias. Como toda metrópoli en ciernes, en Saltillo sobresale una burguesía urbana que vive tentada por los bienes de consumo pero no tiene ahorros; tiene acceso al lujo, aunque dificultades inmensas para costeárselo. Es la clase media y sus limitaciones, o el ciclo de pagar deudas que le permiten dejarse ver de vez en cuando aspirando a ser lo que no es, bajo la lógica de abrirse las puertas a través de las maneras y las apariencias.

El epicentro del fenómeno, en ese sentido, son los colegios. Entrar en ellos, al costo que sea. El trasfondo es la división que propician entre quién puede pagar, y quién no, y su contribución a conformar los ‘dos Saltillos’: el del norte, y el del resto de los puntos cardinales. Unos apartados con conocimiento de causa, formando una micro civilización que emula sin éxito la vida sampetrina, y otros marginados por las circunstancias socioeconómicas.

Finalmente, en Saltillo se libra una batalla silenciosa por la supremacía estética. El choque cultural entre una sociedad catequizada al vaquerismo de ocasión, y su vocación pandilleril ocultada por no cumplir las expectativas que algunos, parte de esa misma comunidad, esperan para sí mismos como representación de la generalidad.

Para contrarrestar ese fenómeno y —supuestamente— elevar el nivel de los nativos, fue necesario exaltar otras formas de mostrarse ante los ojos de terceros. Factores exógenos a la personalidad como huellas de identidad impostadas. Así se ha potenciado esa necesidad por redefinir al saltillense y los códigos de conducta que le identifican.

Ello supone la imposición del look rural en desuso, en detrimento del urbano predominante. A contracorriente de las hordas en pijama que deambulan por las calles mostrando un outfit más cercano a Ecatepec, que a Texas, en esa selva de concreto que se ha vuelto la metrópoli en los últimos años.

No obstante, en el Saltillo no tan profundo seguimos habitando un espacio más cercano idiosincráticamente al potosinazo (“sordearse” para no saludar a otros en la vía pública, como sucede en el vecino San Luis Potosí) y la vacilación del carácter tlaxcalteca, que a la franqueza propia del norteño y sus arquetipos.

El sentido de pertenencia no está en las butacas numeradas del estadio Madero cuando juegan los Saraperos, sino en la defensa del territorio que realizan los habitantes de las colonias, durante las riñas consuetudinarias los fines de semana. Ahí resuena el alma de los saltillenses condenados por cuestiones de territorialidad a desplegar su yo en la periferia. Los barrializados y racializados. Una manifestación auténtica de folclore, acaso la más genuina.

Cortita y al pie

Para definir al saltillense se usan arquetipos tan antiguos que ya no corresponden con la realidad social. Una visión muy lejana del taciturno, huraño y ultramontano que habita en El Valle de las Montañas Azules. Otros evocan falsos triunfalismos y una idea de sí mismos que no corresponde con la realidad.

El “clima benigno” que presume su escudo de armas municipal es evidente que ya no existe. La “tierra rica” tampoco, a juzgar por la escasez de agua. Los “hombres fuertes”, ejemplificados por “Los siete magníficos” (Francisco de Paula Mendoza, los hermanos Federico y Roque, de apellidos González Garza, los hermanos Vito y Miguel, de apellidos Alessio Robles, Artemio de Valle Arizpe, y Julio Torri) nacieron hace 150 años en promedio, y el más próximo falleció hace 55 años.

Hace décadas ya que Saltillo dejó de ser la villa del pan de pulque y los tamales. Ni perones ni membrillos. Tampoco es ya la Atenas de México.

Simular, en cambio, sigue siendo nuestro verbo favorito.

La última y nos vamos

“Qué fuimos”, pregunta la Banda MS. “Ya no somos ni seremos”, contesta por su parte Nodal, cada uno en su contexto.

En medio de ambas posiciones filosóficas, una crisis de identidad se cierne sobre Saltillo 449. O de ceguera voluntaria, más bien, pues las huellas están ahí, en la superficie.

 

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