Una práctica nacida en las redes revela cómo la identidad se construye entre la exhibición, el reconocimiento y el juicio ajeno
Hay expresiones que nacen como broma y dicen algo más de lo que imaginábamos. "Farmear aura" es una de ellas.
Las llamadas batallas de aura llevan la expresión a la calle. Dos personas se enfrentan, realizan gestos, poses o movimientos, y una audiencia decide quién proyecta mayor presencia. La escena puede parecer una extravagancia nacida de las redes sociales, pero basta mirar un poco más para encontrar algo conocido.
Las batallas de freestyle, rap y breakdance ya habían convertido el espacio público en escenario, competencia y espectáculo. Había contendientes, códigos, espectadores, habilidad, improvisación y reconocimiento. Cambiaban las reglas, pero permanecía una pregunta elemental: ¿quién consigue imponerse ante la mirada de los otros?
Hoy se habla de "puntos de aura": una lógica de los videojuegos que se ha filtrado en la vida cotidiana y permite imaginar cualidades humanas como recursos que pueden acumularse. Pero esos puntos solo existen si alguien los reconoce. El aura, entonces, no pertenece completamente a quien la posee: depende de quien la mira.
Desde tiempos remotos, las sociedades han creado maneras de contar lo que son, explicar el mundo, recordar y transmitir: mitos, rituales, relatos, imágenes, objetos, canciones, etcétera. La cultura nunca ha sido solamente aquello que recibimos, sino también aquello que transformamos mientras lo transmitimos. ¿Qué somos cuando nos miran, y qué quedará de nosotros cuando dejen de hacerlo?