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Existir sin beber, la lección de AA

Aprenden alcohólicos a confiar en el proceso y a canalizar toda una adicción y enfermedad que desconoce la inocencia en ‘tomar por convivir’

Aprenden alcohólicos a confiar en el proceso y a canalizar toda una adicción y enfermedad que desconoce la inocencia en ‘tomar por convivir’
Grupo Zócalo
ZOCALO | MONCLOVA
hace 6 horas
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Saltillo, Coah.- Genaro es un hombre educado y serio, de esos que aprendieron a escuchar antes de opinar. Habla despacio, usa palabras prudentes y jamás interrumpe. No busca llamar la atención, pero cuando sonríe es inevitable mirarlo: la risa le sale limpia, contagiosa y con una calma que genera confianza. 

Viste sencillo —camisa manga larga a cuadros, pantalón oscuro— y se acomoda en la silla como quien ya no necesita demostrar nada. Sin embargo, su rostro todavía conserva una señal discreta de vida nocturna: la mirada ágil de quien vivió fiestas memorables, reuniones que empezaban sin motivo y terminaban con la primera luz del día. 

Genaro no se avergüenza al recordar esa época, pero tampoco la romantiza. La mira de frente, sin adornos.

Una convivencia distinta

Durante años, su mundo social giró alrededor del alcohol. No era una idea excepcional ni exótica: en México, como en buena parte de América Latina, la bebida funciona como lubricante social, como invitación, como gesto de confianza y hasta como prueba de virilidad. Para muchos hombres, tomar no es sólo hábito: es identidad. Genaro lo entendió tarde, cuando dejó de beber y descubrió, con sorpresa, que nunca se había planteado qué era una fiesta sin alcohol. 

La pregunta no era moral ni médica, era práctica: ¿qué se hace en una convivencia cuando no hay vaso en la mano? Él mismo recuerda que, al principio, no concebía una reunión, un festejo o una simple carne asada sin cerveza. La bebida no era el detalle: era el centro. Y cuando faltaba, se angustiaba, se aburría, se hacía amargo. No había diversión sin ese estímulo químico que le deshinibía el cuerpo y le ordenaba la mente.

La obsesión se formó sin estridencias. Genaro no fue el alcohólico caricaturesco, el que escandaliza o hace destrozos. Su consumo fue silencioso: lo necesario para sentirse incluido, fuerte, seguro, capaz de encajar. 

Desde fuera parecen funcionales; desde dentro se están vaciando. Genaro lo define como el momento en que el alcohol ocupa la agenda: uno organiza el día pensando en cuándo va a poder tomar. Y si la actividad religiosa o familiar estorba —un rosario, una comida, un compromiso escolar— se suma a la lista de obstáculos que hay que pasar antes de destapar la primera botella.

Genaro salió del alcohol sin aplausos ni tragedia, sólo con tiempo, café, noches largas y un círculo de desconocidos que hablaban como si lo conocieran desde siempre.

 

Pagando los precios

Con el tiempo, el costo social se volvió evidente. Sus amigos seguían ahí, sus convivencias también, pero las relaciones se hicieron condicionadas por la bebida. La dinámica era predecible: si él dejaba de tomar un día, se sentía incómodo, juzgaba la reunión, criticaba la música, se enfadaba con la noche. No era mal humor, era ansiedad.

“A veces es lo de menos motivo, pero ya está el alcohol presente. Ya está como primer objetivo.... Y luego ya se desprende todo. Para las personas como yo, una fiesta sin alcohol... No, yo me iba y no toleraba, hasta me molestaba”, asevera.

Y así, como ocurre en miles de historias, el alcohol empezó a tomar decisiones en su lugar. Un hombre que se definía educado, prudente y mesurado se sorprendía haciendo cosas que no correspondían con su carácter, pero que el grupo celebraba como parte del “ambiente”. 

“Es la obsesión que me distorsiona lo demás, minimiza las necesidades de los lazos familiares; yo era proveedor, en ese sentido no faltó nada... Pero nunca hubo un papá presente”,lamenta.

Fue en ese punto donde apareció Alcohólicos Anónimos. 

La estrategia de AA

El grupo llegó como misión heroica ni revelación espiritual. Llegó como refugio. Una noche, después de un mal intento por moderar la bebida, Genaro tomó la decisión de acercarse a un grupo. Tenía miedo, vergüenza y una certeza: solo no iba a poder. El contacto con AA suele romper estereotipos: no es un consultorio, no es un hospital, no es un templo. 

Es un salón simple, con sillas acomodadas en círculo, café, silencio y testimonios. AA surgió en 1935 en Akron, Ohio, fundado por Bill W. y el doctor Bob, ambos alcohólicos recuperados que descubrieron que la clave no era la moral ni la disciplina, sino la ayuda mutua y el reconocimiento del propio fracaso. Desde entonces, el programa se expandió por todo el mundo, especialmente en países donde la cultura del consumo se integra a la vida familiar y laboral. México adoptó el modelo desde mediados del siglo XX, y hoy existen cientos de grupos en ciudades grandes y pueblos pequeños.

Empezar a vivir

El proceso no fue lineal. Durante los primeros meses evitó reuniones sociales. Sabía que estaba vulnerable, sabía que una invitación podía derrumbarlo. Los miembros del grupo le dieron estrategias: llegar tarde, mantenerse ocupado, quedarse con la parte de la familia que no bebe, no aislarse con los mismos de siempre, no aceptar la primera copa aunque se sienta grosero, usar refrescos como herramienta, salir temprano si el ambiente se complica. 

“Sí me llegué a preguntar ‘¿cómo voy a vivir? ¿cómo me voy a relacionar?’. Yo no podía hacer nada sin alcohol. Relacionarme, platicar contigo, yo ya buscaba rápido tener una la cerveza en la mano para sentirme ‘confiado’”, relata Genaro.

Con el tiempo llegó la reconstrucción emocional. AA no busca convertir al adicto en asceta, sino en alguien que se acepta a sí mismo. 

“Es impresionante, yo llegué a la agrupación sólo por querer dejar de beber, pensaba que dejando de beber se acababan todos los problemas, pero la realidad ahí está, todos los problemas ahí están. Entonces, como ahora no bebo, me ayudan y me dicen: ‘Es que ahora hay que enfrentar la realidad’, y ahí es donde me empiezan a ayudar con los pasos a esa nueva manera de y de actuar”, indica.

Funcionar en la normalidad

Cuatro años y medio después de su último trago, Genaro celebra logros que antes ni veía: hablar sin miedo, escuchar, decir no, elegir amistades, retirarse de ambientes que le hacen daño, compartir bodas con refrescos en la mano sin sentirse ajeno. Reconstruye relación con sus hijos sin dramatismo, pero con verdad: ellos crecieron con un proveedor, no con un padre, y eso dejó heridas. Ahora lo hablan. Ahora intentan reparar. AA no vende la idea de un final heroico ni perfecto: solo ofrece la posibilidad de vivir un día a la vez. “Solo por hoy” es la frase que guía a millones de miembros en el mundo.

La influencia social de Alcohólicos Anónimos en México ha sido silenciosa pero profunda, pues no es un movimiento mediático ni producto gubernamental. 

Su existencia ha cubierto un vacío que ni las instituciones médicas ni las políticas públicas han logrado: ofrecer contención emocional para personas que no encajan en la clínica psiquiátrica ni en la cárcel, que necesitan comunidad más que castigo. 

Genaro lo sabe: él no dejó de tomar porque le explicaron el daño hepático, ni porque vio campañas sobre accidentes, ni porque sintió culpa moral. Dejó de tomar porque un día entendió que ya no era él. 

“Las personas que he conocido en la comunidad de alcohólicos anónimos son gente que estuvieron en el infierno viviendo, en el verdadero infierno, y hoy tú los ves transformados”, reitera.

Hoy, Genaro camina ligero. No presume su sobriedad, no la usa como bandera. Cuando alguien le ofrece una copa, sonríe, agradece y dice que no. A veces llega tarde a las fiestas, no por estrategia, sino por costumbre. Se ocupa en poner música, servir comida, acomodar mesas, ayudar a los anfitriones. Cambió el rol sin perder la esencia. No volvió a ser el de antes, y tampoco lo pretende.

Cuando se le pregunta por su visión del alcoholismo en México, responde sin adornos: mientras el consumo siga siendo identidad masculina y rito social, la recuperación será difícil. Mientras los afectos sigan canalizándose por la botella en lugar del diálogo, la ausencia seguirá disfrazada deconvivencia. 

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